Cinismos. Retrato de los filósofos llamados perros de Michel Onfray

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​Toda la potencia de mi antiguo profesor estribaba en su férrea voluntad de ser intempestivo: ignoraba el gabinete y la universidad para persistir en una práctica antigua de la filosofía. Sin preocuparse por las conveniencias y las obligaciones del orden que fuere, hablaba como probablemente lo hacían los filósofos en Roma o en Atenas hace aproximadamente veinte siglos. Procuraba establecer una proximidad con lo real, y exponía actitudes, un arte de vivir y un estilo. Lejos de consistir en la enseñanza de teorías abstractas o en la exégesis gratuita, aguda y tediosa, la filosofía era a sus ojos una estética de la existencia, un espejo capaz de ofrecer variaciones antiguas sobre ese tema. Su filosofía no se nutría de conceptos abstrusos, de nociones bárbaras ni de los galimatías propios de la corporación: su tarea consitía en mostrar maneras de vivir, modos de obrar y técnicas de existencia. La conversión pagana que proponía apuntaba al orden de la vida cotidiana. Conocer a los filósofos que nos enseñaba equivalía a poner en tela de juicio la propia vida.

Paidós , Buenos Aires , Analoga, Texto Contemporaneo, 2009, Página p. 13.