Blog de Rafael Ángel Gómez Choreño

La invención del placer

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Más allá de los textos y autores

Publicado el 15/12/2010

Una gran parte de la Historia de la filosofía se ha construido con base en débiles noticias sobre textos y autores, lo cual es problemático no sólo por la debilidad del testimonio como documento histórico, sino por la fortaleza de los objetos de estudio más tradicionales de esta disciplina: el texto y el autor. Como si la historia del pensamiento filosófico sólo pudiera contarse desde el estudio de un corpus literario, o a partir del análisis de la escritura como la actividad filosófica por excelencia: la actividad de un autor. ¿Dónde dejamos el análisis de otras formas de actividad de un pensamiento filosófico o el análisis de las formas materiales de dicha actividad? ¿Dónde dejamos el análisis de la actividad filosófica ligada a algún tipo enseñanza? ¿Dónde dejamos el análisis de la filosofía como actividad política? ¿Dónde dejamos el análisis del empleo de sus recursos económicos o de sus estrategias desplegadas para la socialización de sus ideas?  

Por lo regular, el historiador inexperto de la filosofía deja todo esto de lado y se entrega sin más al estudio de textos y de las relaciones explícitas o implícitas entre los documentos disponibles en su acervo. Pero lo cierto es que el historiador de la filosofía pocas veces cuestiona el valor de acontecimiento de los textos que estudia, se entretiene en meditaciones arriesgadas sobre la autoridad del autor del texto y abandona con mucha frecuencia la oportunidad de poner al descubierto las condiciones de emergencia del texto, de la obra y de la artesanía involucrada en su manufactura. 

Sí, siempre podemos suponer la participación de un autor en la publicación de una obra filosófica. Pero, ¿quién es el autor de un libro publicado y puesto en circulación? ¿El escritor del texto, el editor, el traductor, el distribuidor del libro o el divulgador de sus ideas? ¿Quién es el autor de la Eneadas de Plotino o de la Metafísica de Aristóteles? ¿Quién es el autor de La República de Cicerón o de su comentadísimo libro VI? Así de fácil se derrumban las débiles certidumbres del historiador ingenuo de la filosofía. Pero no todo está perdido. Los libros, los manuscritos, las bibliotecas, su lectura en las universidades, en los espacios privados, su discusión profesional y no-profesional, su uso en otro tipo de discusiones, son los datos fundamentales de una forma de entender el pensamiento filosófico más allá de los confines impuestos por un corpus literario. Así se ponen en juego, por así decirlo, otros aspectos del quehacer filosófico que pueden resultar bastante más esclarecedores que la cuestión de los autores y sus obras. Quedan al descubierto, por ejemplo, sus intereses y sus necesidades: la historia insignificante —al menos hasta ahora— de los pretextos de la filosofía, de sus bajas motivaciones. O lo que es más importante: quedan al descubierto sus métodos y proyecciones: la historia de sus técnicas y de las estrategias empleadas para alcanzar sus fines.

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